Naturaleza y ciencia

Entre el cielo y la extinción

Cómo una familia está salvando a la guacamaya verde militar mexicana.

Publicado el 30 de enero de 2026

Giancarlo Velmarch

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Fotografía de Giancarlo Velmarch

Fundado en 2012, el Santuario de las Guacamayas comenzó como un ejido más en Puerto Vallarta, México. Con el tiempo, se convirtió en un refugio vital para la fauna y flora local, consolidándose como uno de los sitios más importantes para la conservación de la guacamaya verde militar mexicana. Aquí, individuos de esta especie pueden formar parejas y encontrar un hogar seguro en el Santuario.

Un amanecer lleno de vida

Una fría mañana de febrero, el cielo comienza a pintarse de colores mientras amanece en las verdes montañas de Cabo Corrientes. A lo lejos, se escuchan potentes llamados que resuenan a cientos de metros de distancia dentro del bosque. El origen de estos sonidos es inconfundible: al alzar la mirada, una parvada de seis guacamayas verdes militares (Ara militaris mexicanus) atraviesan el cielo con su vibrante plumaje verde, azul, amarillo, y una pizca de rojo.  

 

Aunque la guacamaya verde militar se distribuye desde México hasta Argentina, la subespecie mexicana es endémica del país y está catalogada como en peligro de extinción, por la Norma Oficial Mexicana 059 por la reducción de sus poblaciones. Actualmente, se estima que quedan menos de tres mil individuos en estado silvestre, amenazados principalmente por la reducción de su hábitat y el tráfico ilegal. Hace apenas unas décadas, su distribución abarcaba desde Chihuahua hasta las costas de Chiapas, cruzando hasta el Golfo de México. Hoy, su presencia se ha fragmentado en pequeños parches dentro de lo que una vez fue su territorio natural.  

 

La pérdida y fragmentación de los bosques de pino-encino y selvas tropicales se debe principalmente a la deforestación y al cambio de uso del suelo a favor de la agricultura y la ganadería. Esto ha reducido drásticamente las áreas disponibles para su alimentación y nidificación. Uno de los mayores problemas que enfrenta la especie es la escasez de árboles adecuados para anidar, pues estas aves monógamas requieren de grandes cavidades en árboles longevos, que suelen ser los primeros en ser talados para la obtención de madera.  

 

Sería una tragedia que algún día estos cielos despertaran en silencio, sin el vibrante canto de las guacamayas.  

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Fotografías de Giancarlo Velmarch

El tesoro verde de México está en peligro

Las guacamayas son aves de gran inteligencia y carisma, reconocidas por su colorido plumaje, su elegante vuelo y su enérgico parloteo. Al ser monógamas forman parejas estables de por vida, mostrando comportamientos afectivos como el acicalamiento mutuo. También son altamente sociables, desplazándose en grupos de dos a ocho individuos, aunque en ocasiones pueden formar bandadas de decenas de individuos cerca de fuentes de agua o árboles frutales.  

 

En México se han registrado 22 especies de psitácidos (comúnmente conocidos como loros, incluidos cotorras, pericos y guacamayas). Lamentablemente veinte de esas especies se encuentran en alguna categoría de riesgo: seis en peligro de extinción, diez amenazadas y cuatro bajo protección especial.

 

México alberga dos especies del género Ara: la guacamaya verde militar (Ara militaris) y la guacamaya roja (Ara macao). Aunque la compra y venta de guacamayas es ilegal, la aplicación de la legislación es limitada. La venta de polluelos a traficantes, que posteriormente los comercializan fuera del país, representa una importante fuente de ingresos para los habitantes locales. La ONG Defenders of Wildlife estima que cada año, entre 65,000 y 78,000 pericos son capturados en México, con una tasa de mortalidad superior al 75 % antes de llegar al consumidor final. Este comercio no solo es cruel e inhumano, sino que representa un desperdicio devastador de vida silvestre.

 

Jaime Torres, biólogo y responsable técnico del santuario, destaca el impacto positivo del proyecto en la biodiversidad y en la comunidad local: “El Santuario juega un papel crucial al ser un referente de conservación y educación ambiental. No solo protege la biodiversidad de la región, sino que también ofrece oportunidades de empleo y desarrollo sostenible a la comunidad. Además, conecta a los habitantes con su patrimonio natural, fortaleciendo su identidad cultural y su vínculo con la naturaleza.”

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Fotografías de Giancarlo Velmarch

Izquierda: Las selvas bajas y medianas subcaducifolias y subperennifolias, bien conservadas, son esenciales para la supervivencia de la guacamaya verde militar, una especie altamente sensible a la alteración de su hábitat.

Medio: Una pareja de guacamayas afianza su lazo al acicalarse mutuamente en lo alto de un pino cercano.

Derecha: El Santuario se encuentra en un área estrategica para la conservación con una diversidad enorme de aves con más de 200 especies y de mamiferos con más de 170 especies, asimismo una diversidad de flora sin igual, un ejemplo de esto es esta bella «Bromelia Gallito» («Tollandsia fasciculata»).

Una especie en peligro y una comunidad que decidió cambiar su destino

El Santuario de las Guacamayas fue fundado por Francisco Espino y su familia dentro de su ejido en Cabo Corrientes, Jalisco, tras ser invitado por biólogos locales a conservar el área. Los expertos identificaron la importancia del sitio al descubrir que era habitado y utilizado regularmente por una población de guacamayas verdes militares.

 

Francisco, un apasionado de la naturaleza, recorre cada semana su ejido y los alrededores a pie. Conoce la región como la palma de su mano, pero su interés va más allá: de forma autodidacta y con la ayuda de guías locales, ha aprendido a identificar la flora y fauna del área. Esta pasión ha sido transmitida a sus hijos, Chuy y Jorge, quienes colaboran activamente en la conservación del santuario, convirtiendo a la familia Espino en una de las más expertas de la región. Desde entonces, el cambio ha sido evidente, ya que antes de que el sitio fuera declarado como santuario, Francisco y la población local tenían conocimiento de tan solo tres nidos de guacamayas en la zona.

 

El punto de inflexión ocurrió en 2012, cuando traficantes ingresaron ilegalmente al ejido y en su intento de atrapar a los polluelos talaron uno de los pinos más antiguos del área. Este árbol, que por años había servido como un refugio seguro, albergaba un nido activo de guacamayas. Al percatarse, Francisco y su familia acudieron al sitio y, tras una evaluación con las autoridades locales, decidieron cortar y trasladar la sección del tronco que contenía el nido a otro pino cercano. Sorprendentemente, la estrategia funcionó; pocos meses después, el primer nido artificial fue ocupado por una pareja de guacamayas, que logró criar con éxito a dos polluelos.

 

A partir de este evento, Francisco y su familia vieron la necesidad urgente de generar áreas de nidificación para estas aves, y así nació el Santuario de las Guacamayas, el único proyecto en México enfocado en la conservación y reproducción en vida silvestre de esta especie.

 

«El Santuario es la prueba de que, con esfuerzo y determinación, se pueden lograr grandes cosas. A pesar de los desafíos y la falta de apoyo, el compromiso de quienes formamos parte de este proyecto ha permitido proteger a la guacamaya verde militar. Mi mayor motivación es asegurar que las futuras generaciones también tengan la oportunidad de admirar esta magnífica especie», comenta Jorge Espino.

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Fotografías de Giancarlo Velmarch

Este es el increíble equipo que hace posible la existencia del Santuario, desempeñando todas las tareas necesarias para garantizar la conservación de la especie. Chuy (izquierda) se encarga de la intrépida labor de subir a los nidos, Jorge (derecha) es responsable del manejo y desparasitación de los polluelos, y Francisco, además de ser un experto en todos los procesos, actúa como mentor de sus hijos, entendiendo que ellos son clave para preservar futuras generaciones de guacamayas. 

Conservando a 28 metros de altura

Al comprender la situación crítica de la especie, Francisco y su familia decidieron actuar, creando un proyecto enfocado en la anidación y conservación de la guacamaya verde militar. Para enfrentar la escasez de sitios de nidificación, iniciaron un ambicioso programa de instalación de nidos artificiales de madera en lo alto de los pinos más grandes del bosque dentro de su ejido. Este proceso, aunque parece sencillo, es sumamente laborioso: cada nido requiere siete días de construcción y un transporte arduo hasta lo profundo del bosque. Los nidos, que pesan 80 kilos, deben ser elevados 25 m con equipo especializado. Con el tiempo, Francisco, Chuy y Jorge se han convertido en expertos en la construcción de nidos y en el rappel necesario para ubicarlos estratégicamente.

 

Una vez instalados, comienza el verdadero trabajo de conservación. Durante la temporada de nidificación, que va de noviembre a febrero, la familia, junto con biólogos locales, monitorean el crecimiento de los polluelos. Al ser una UMA (Unidad de Manejo Ambiental), el Santuario tiene la competencia para hacer el debido manejo, de modo que cada nido puede ser inspeccionado regularmente al menos una vez al mes, bajando cuidadosamente a los polluelos para realizar biometrías, tomando medidas y peso, desparasitarlos y examinarlos. De esta manera, se tiene un registro del crecimiento y bienestar de cada polluelo nacido dentro de los nidos. También se instalan cámaras trampa para monitorear los nidos y detectar posibles amenazas, como ocelotes, jaguarundis y aves rapaces. Durante todo el proceso de inspección, los padres se mantienen cerca, haciendo vuelos continuamente y vigilando desde los árboles cercanos. Aunque este proceso puede ser estresante para los padres, es esencial para garantizar la supervivencia de las nuevas generaciones. Con los años, las guacamayas han aprendido a reconocer que Francisco y su familia no son una amenaza para sus polluelos, lo que ha facilitado este esfuerzo de conservación, aunque los ruidosos llamados de las aves nunca faltan durante las tareas del monitoreo.

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Fotografía de Giancarlo Velmarch

La ubicación de los nidos es clave para su ocupación, por lo que se instalan estratégicamente en sitios donde anteriormente hubo árboles utilizados para anidar de manera natural. Se eligen árboles sanos y fuertes, con alturas variables, pues se han registrado nidos desde bajas alturas hasta 30 metros de altura. Además, los nidos se colocan en proximidad unos de otros, creando una comunidad que se protege mutuamente de posibles amenazas, lo que incrementa las probabilidades de éxito reproductivo. 

“Enfrentamos diversos retos diariamente, como el cuidado de la zona para evitar que personas ingresen a cazar, capturar aves o extraer flora. Además, enfrentamos desafíos legislativos, ya que, al no contar con apoyo gubernamental, hay muchas acciones que podríamos implementar para acelerar la recuperación de la población, pero la falta de recursos nos limita”, – declara Francisco con preocupación.

“Es en las alturas donde la emoción y el nerviosismo me invaden, porque me doy cuenta de la importancia de mi trabajo para esos polluelos, seres tan inocentes con los que siento una conexión profunda. Durante todo el proceso, experimento una gran sensación de responsabilidad y cuidado, sabiendo que estoy ayudando a asegurar su supervivencia. Es un momento mágico, porque no cualquiera tiene la oportunidad de hacer este trabajo.” - Chuy, colaborador del Santuario.
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Fotografías de Giancarlo Velmarch

Izquierda: Utilizando uno de los nidos artificiales, esta guacamaya, anillada años atrás dentro del Santuario, es un claro ejemplo del éxito del proyecto. No solo nació aquí, sino que ha regresado por su cuenta para criar a sus propias crías, asegurando que este sitio sigue y seguirá siendo un lugar seguro para nuevas generaciones.

Derecha: Este polluelo de dos meses, curioso por las voces humanas, se asoma por primera vez fuera del nido, descubriendo el mundo que lo espera más allá de su refugio.

Más que números

A pesar de estas dificultades, el Santuario de las Guacamayas ha logrado avances significativos en la conservación de la especie. En los últimos años, se ha implementado con éxito un programa de anillamiento de polluelos, lo que ha permitido un monitoreo preciso del crecimiento de la población. Gracias a este esfuerzo y con apoyo gubernamental, el santuario ha instalado 31 nidos artificiales, ocupados en su totalidad año tras año.

 

Los resultados de esta iniciativa son notables: en los últimos siete años, el registro de individuos anillados es de 86 polluelos que han logrado sobrevivir hasta la etapa adulta. Algunos de ellos han regresado al santuario para reproducirse, asegurando la continuidad de la población en la zona.

“Si el santuario no existiera, esta población probablemente ya habría desaparecido. Con nuestro trabajo, la población ha aumentado en 82 individuos. Actualmente, hemos llegado a contar hasta 110 guacamayas en la zona, y sin estos nuevos ejemplares, la especie aquí ya estaría extinta.” - Selene Barba, bióloga especialista en guacamayas verdes militares.
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Fotografía de Giancarlo Velmarch

Vista panorámica de la Sierra Madre Occidental desde la torre de observación del Santuario. Detrás de estas montañas se encuentra la costa, cuya influencia proporciona el clima tropical que caracteriza la zona.

Una escuela de conservación

La labor del santuario no se limita a la protección directa de la especie. Conscientes de que la educación ambiental es un pilar fundamental para la conservación a largo plazo, el equipo del santuario realiza charlas y exposiciones educativas dentro del mismo santuario o en espacios de interés como el Jardín Botánico de Vallarta. Comparten así su historia de éxito y fomentan en la comunidad local una mayor conciencia ambiental sobre la importancia de conservar a la guacamaya.

 

Jaime Torres destaca el impacto que ha tenido el proyecto en la mentalidad de la comunidad local: “La existencia del Santuario ha fomentado una mayor concienciación sobre la importancia de la conservación y el respeto hacia el medio ambiente. La comunidad local ha aprendido a valorar sus recursos naturales y a entender que su preservación es fundamental no sólo para su bienestar presente, sino también para las futuras generaciones. Este cambio de mentalidad ha impulsado prácticas más sostenibles y una participación en la conservación del entorno”.

El Santuario de las Guacamayas no solo ha contribuido al aumento de la población de guacamayas en la región, sino que también ha transformado la relación de la comunidad con su entorno. A través de la educación y el trabajo en conjunto, este proyecto demuestra que la conservación efectiva es posible cuando se combina el conocimiento científico con la pasión y el compromiso de las personas.

Este esfuerzo incansable es un testimonio de que, con iniciativas locales bien estructuradas, es posible revertir el daño ambiental y asegurar un futuro en el que la guacamaya verde militar continúe surcando los cielos de México.

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Fotografías de Giancarlo Velmarch

Superior: La bióloga Selene Barba nota el peso y medidas de un polluelo de tres semanas.

Inferior: Jorge realiza el manejo de un polluelo de dos meses. Es la segunda vez que se le examina, por lo que revisa las zonas donde previamente se le extrajeron parásitos para asegurarse de que las heridas han sanado correctamente.

Bibliografía

[1] Eberhard JR, Iñigo-Elias EE, Enkerlin-Hoeflich E, Cun EP. Phylogeography of the military macaw (Ara militaris ) and the great green macaw (A. ambiguus ) based on MTDNA sequence data. Wilson J Ornithol. 2015;127(4):661–669. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1676/14-185.1

[2] Cantú-Guzmán JC, Sánchez-Saldaña ME, Grosselet M, Silva-Gámez J. The illegal parrot trade in Mexico: A comprehensive assessment [Internet].  [Consultado el 28 de enero de 2026]. Disponible en: este enlace