La piel: tu armadura biológica
Publicado el 9 de febrero de 2026
Carmen Tabuenca Gómez
Ilustración de Lucía Boned
¿Por qué la piel es un órgano?
Quizá no lo sabías, pero la piel también es un órgano, al igual que el corazón o los pulmones. De hecho, la piel es el órgano más grande del cuerpo, con una superficie total de unos 2 m2 (lo que corresponde a un espacio en el que una persona pudiera estar de pie cómodamente, o dos sentadas muy juntas) y una masa de aproximadamente 5 kg. La piel, como cualquier otro órgano, cumple una serie de funciones concretas y tiene una estructura característica.
La piel por dentro: capas y funciones
La organización de la piel se da en capas, denominadas estratos. En la capa más profunda se encuentra el estrato basal (que forma la “base” del órgano). Contiene principalmente células basales, que son las encargadas de renovar continuamente la piel. Son las células madre, de las que surgen otras células llamadas queratinocitos que van subiendo hacia la superficie conforme maduran. En este estrato también aparecen melanocitos, células productoras de melanina, un pigmento que protege frente al daño por la radiación solar. Por último, están las células de Merkel, las células nerviosas de la piel, en parte responsables del sentido del tacto.
Conforme se asciende, los queratinocitos van madurando y establecen uniones entre ellos, de modo que adquieren cierta forma estrellada que es responsable del nombre de esta segunda capa, el estrato espinoso. En él también aparecen células de Langerhans, células especializadas del sistema inmune que protegen frente a las infecciones por vía cutánea.
Más arriba se encuentra el estrato granuloso, así denominado porque los queratinocitos se aplanan y producen grandes cantidades de queratina, la proteína que forma la piel, el pelo y las uñas, responsable de proteger estas estructuras al aportar cierta dureza. Esta queratina se ve como gránulos oscuros en el interior de las células; de ahí el nombre de esta capa. En el estrato más superficial, el estrato córneo, los queratinocitos producen tanta queratina que esta ocupa todo su interior y acaban muriendo. Por eso, las palmas de nuestras manos son relativamente “impermeables”, ya que contienen una gruesa capa de queratina protectora.
Ilustración de Lucía Boned
¿Por qué no todos tenemos el mismo color de piel?
La organización de la piel es la misma para todos. No obstante, el color de la piel varía de una persona a otra. ¿Cómo es esto posible? Los responsables son los melanocitos de la capa basal. Los melanocitos son células con “tentáculos” que se proyectan hacia arriba, donde se encuentran los queratinocitos. Dichos tentáculos contienen gránulos de melanina (melanosomas) que protegen a los queratinocitos del daño por la luz ultravioleta (UV) del sol. Existen principalmente dos tipos de melanina: eumelanina (marrón o negra) y feomelanina (amarilla o roja). La eumelanina es la realmente protectora frente al daño por radiación, mientras que la feomelanina puede producir radicales libres (moléculas inestables que pueden reaccionar con nuestro ADN, proteínas o lípidos) en respuesta a la radiación UV, lo que acelera la carcinogénesis. Las vías de producción de ambos pigmentos son comunes al principio, pero luego divergen y es precisamente la luz solar la responsable de que aumente la proporción de eumelanina frente a la de feomelanina.
El color de la piel depende de varios factores, entre los que se cuentan el número de melanosomas que cada melanocito produce, así como del ratio eumelanina/feomelanina. El fototipo se refiere al tipo de piel que cada uno tiene y que puede clasificarse según la escala de Fitzpatrick en seis tipos principales, de más claro a más oscuro. Las personas con fototipo I son pelirrojas o rubias, de ojos claros, y se queman con facilidad porque la producción de feomelanina es elevada. En cambio, aquellas con fototipo VI tienen piel marrón muy oscura que no se quema.
Cuando las células de la piel se rebelan: el cáncer
Al igual que en tantos otros órganos, un crecimiento descontrolado de alguna de las células que conforman la piel puede derivar en un tumor. Normalmente, en las estadísticas del cáncer en la población, el cáncer de piel no es tenido en cuenta, ya que es mucho más prevalente que cualquier otro. Aunque comúnmente se habla de “cáncer de piel”, realmente existen tres tipos diferentes, con diferente grado de severidad, que se clasifican en función del tipo de célula que se ve afectada.
El primer tipo es el cáncer de células basales, que es el más común y menos grave. Como su nombre indica, afecta a las células del estrato basal (el más profundo). Suele manifestarse como una pequeña protuberancia rosada en la piel. El segundo tipo es el cáncer de células escamosas, en la capa inmediatamente superior a la anterior: el estrato espinoso. Este tumor puede desarrollarse a partir de una lesión precancerosa previa, denominada queratosis actínica, que aparece como una mancha seca y escamosa. Esta lesión suele ser debida a un exceso de radiación solar, pero todavía no es cáncer. El tercer tipo es el melanoma, probablemente el más conocido porque a pesar de ser el menos frecuente, es el más grave por su tendencia a metastatizar. Puede desarrollarse sobre un lunar previo o aparecer como una nueva mancha oscura sobre la piel, y el diagnóstico temprano en este caso es clave. Para ello, resulta útil aplicar los signos ABCDE (por sus siglas en inglés): A por su asimetría, B (border) por la carencia de bordes definidos, C (color) por su variedad en colores que van del negro al rojo, D (diámetro) porque suelen medir más de 6 mm, y E (evolving) porque evoluciona en tamaño, forma o color.
Cómo proteger tu piel del sol
En general, la gran mayoría de casos de cáncer de piel son esporádicos, es decir, no tienen un origen familiar o genético. Esto supone una gran ventaja porque existen modos de prevenirlo. Uno de los métodos más popularmente extendidos es el uso de crema solar. Esta contiene bloqueantes físicos (con minerales como el dióxido de titanio o el óxido de zinc) que se asientan en la superficie de la piel y reflejan los rayos UV como un escudo, o absorbentes químicos que forman un film protector que retiene la radiación antes de que penetre en la piel. Actualmente, muchas cremas se basan en una combinación de estas dos estrategias. A la hora de elegir una crema eficaz, conviene comprobar que es de amplio espectro, es decir, que protege frente a los rayos de tipo UVA (menos energéticos pero que penetran más en la piel, responsables de que nos pongamos morenos) y UVB (más energéticos aunque menos penetrantes, y responsables del cáncer de piel). También hay que fijarse en el SPF (Sun Protection Factor), que refleja el porcentaje de radiación UVB que bloquea la crema: por ejemplo, una crema con SPF 30 bloquea el 97% de los rayos UVB que alcanzan la piel, mientras que una con SPF 50 bloquea el 98%.
Cuidar nuestra piel no es solo una cuestión estética, sino también de salud. Un poco de prevención puede marcar una gran diferencia. Adoptar medidas sencillas, como protegernos con crema de sol o evitar la radiación en las horas de mayor riesgo, contribuye a que nuestra piel continúe en perfecto estado para seguir cumpliendo con sus numerosas funciones.
Bibliografía
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