Nuestro origen es invisible a los ojos
Publicado el 17 de septiembre 2026
Carmen Tabuenca Gómez
Ilustración creada con IA.
Hoy celebramos el Día Internacional de los Microorganismos. Sí, esos que ni siquiera podemos ver a simple vista también tienen su día dedicado en el año. Pero pequeño no es sinónimo de despreciable. Ya lo decía El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”. Y si en algo está de acuerdo la comunidad científica, es en que los microorganismos han jugado un papel esencial desde los orígenes del universo. Sin ellos, ninguno de nosotros estaría ahora aquí. El papel de los microorganismos es increíblemente diverso: desde las cianobacterias que generaron la atmósfera rica en oxígeno que permitió formas de vida más complejas en la Tierra, hasta las bacterias degradadoras de hidrocarburos que han ayudado a limpiar nuestros océanos tras derrames de petróleo.
Desde hace miles de años, los humanos nos hemos interrogado sobre nuestro origen. Dentro de la comunidad científica, esta inquietud ha derivado en el surgimiento de la filogenética, una rama de la biología que estudia las relaciones de parentesco y la evolución de los diversos organismos. En los años 70, el desarrollo de las técnicas de secuenciación genética permitió al microbiólogo estadounidense Carl Woese clasificar a todos los seres vivos de acuerdo con un “sistema de tres dominios”: Bacteria (que comprende la mayor parte de bacterias que conocemos), Archaea y Eukaryota (donde nos encontramos los humanos, otros animales o las plantas). Las arqueas, al igual que las bacterias, son organismos procariotas: su material genético está “desprotegido” dentro de la célula, a diferencia de los eucariotas, que lo mantienen dentro de un núcleo. No obstante, las arqueas no son bacterias: por ejemplo, son denominadas “extremófilas” por su gran capacidad para vivir en ambientes extremos (con alta salinidad, o temperatura, o acidez, etc.) Recientemente, estos interesantes microorganismos han hecho tambalear la teoría de los tres dominios, ya que algunos descubrimientos apuntan a que los eucariotas (como nosotros) realmente surgieron de las arqueas.
Árbol filogenético según la teoría de los tres dominios de Carl Woese. Tomado de: Sistema de tres dominios (Wikipedia).
A principios de este siglo, un grupo de científicos japoneses de la JAMSTEC (Japan Agency for Marine-Earth Science and Technology), liderado por Hiroyuki Imachi y Masaru K. Nobu, encontró un microorganismo desconocido en sedimentos marinos de la costa japonesa, a más de 2.500 m de profundidad. Unos años más tarde, un grupo de biólogos de la Universidad de Uppsala, en Suecia, descubrió un nuevo grupo de arqueas en el océano Ártico. Fueron encontradas en la fuente hidrotermal denominada “Castillo de Loki” (en honor al personaje de la mitología nórdica), de ahí que el filo recibiera el nombre de Lokiarchaeota. En recuerdo de otras figuras de la tradición nórdica, los filos sucesivos se denominaron Thorarchaeota, Odinarchaeota… y agrupados dieron lugar a las “arqueas de Asgard”, por ser este el lugar legendario donde convivían todos estos seres mitológicos. Fue entonces cuando el equipo de la JAMSTEC se dio cuenta de que estas arqueas eran muy similares al microorganismo que habían identificado en Japón.
No obstante, la identificación de estas arqueas no fue una tarea sencilla. Para poder establecer con fidelidad las características de un nuevo microorganismo, es necesario cultivarlo en el laboratorio, y las arqueas de Asgard no parecían muy dispuestas a crecer al ser arrancadas de su ambiente natural. Fue necesario crear un biorreactor en el que se inoculó metano de forma continua para tener la cantidad suficiente para realizar los cultivos. Tras 12 años de esfuerzos, por fin se obtuvo un cultivo de la desconocida arquea, otra arquea (Methanogenium) y una bacteria (Halodesulfovibrio). Los tres microorganismos vivían en sintrofía, proporcionándose los metabolitos necesarios para sobrevivir.
El aislamiento de la nueva arquea también permitió estudiar su morfología: se trataba de pequeños cocos (esféricas), de unos 550 nm, con muchas prolongaciones que en realidad eran protrusiones de su membrana celular. Estos apéndices tan particulares llevaron a formular una nueva teoría del origen de la célula eucariota, diferente de la defendida por C. Woese. El modelo propuesto recibió el sobrenombre de “E3” por la combinación de tres procesos: entangle-engulf-endogenize (que en inglés significa enredar-sumergir-endocitar). Esta teoría defendía que la arquea empleaba estas estructuras alargadas para atrapar y enredar a bacterias aerobias (captadoras de oxígeno), y posteriormente las “tragaba”. Con el paso del tiempo, la arquea se volvió dependiente de la bacteria “atrapada”, que le proporcionaba la energía que necesitaba. Esta bacteria fue el origen de las mitocondrias, unos orgánulos que poseen las células eucariotas y que son imprescindibles para la obtención de energía.
Modelo hipotético «E3» propuesto para el origen de la célula eucariota. Tomado de [1].
El nuevo organismo proporciona una nueva perspectiva sobre el origen de la célula eucariota a partir de una arquea. Por este motivo, recibió el nombre de Promethearchaeum syntrophicum. El nombre del género, Promethearchaeum, se inspira en el mito de Prometeo, que modeló a los hombres a partir del barro, tal y como P. syntrophicum nos ha modelado a nosotros. La especie syntrophicum hace referencia a su necesidad de establecer una relación provechosa con otros microorganismos.
Promethearchaeum syntrophicum tiene mucho que enseñarnos. En primer lugar, en las cosas más pequeñas puede estar el origen de algo grande. Luchemos en nuestro día a día por contribuir a un mundo mejor con gestos que pueden parecer insignificantes, pero que podrían tener un impacto a largo plazo. En segundo lugar, no es posible sobrevivir en aislamiento. El ser humano es social por naturaleza, de modo que aprovechemos las ventajas de apoyarnos en los demás para hacer nuestra vida más fácil y, sobre todo, más plena.
Bibliografía
[1] Imachi H, Nobu MK, Nakahara N, Morono Y, Ogawara M, Takaki Y, Takano Y, Uematsu K, Ikuta T, Ito M, Matsui Y, Miyazaki M, Murata K, Saito Y, Sakai S, Song C, Tasumi E, Yamanaka Y, Yamaguchi T, Kamagata Y, Tamaki H, Takai K. Isolation of an archaeon at the prokaryote-eukaryote interface. Nature. 2020; 577: 519-525. Disponible en: https://doi.org/10.1038/s41586-019-1916-6
