La ciencia que viene

OpenAI vs. matemáticos: ¿quién gana el millón de dólares?

Publicado el 29 de marzo de 2026

Javier Arricibita Innerarity

photo 2025 04 03 19 16 22
portada artículo Stokes

Ilustración de Javier Arricibita (realizada con IA)

La ciencia es la herramienta que tiene el ser humano para poder predecir el futuro. Gracias a ella sabemos que si empujamos un objeto se moverá, si calentamos agua se evaporará o que el pasado 12 de agosto iba a tener lugar un eclipse solar. El primero de estos ejemplos, precisamente, nace de las tan famosas leyes de Newton. Supuestamente, estas leyes servían para explicar el movimiento de todos los cuerpos, desde cómo cae una mota de polvo hasta la órbita de Júpiter. Así, podemos saber qué va a pasar en el futuro. Sin embargo, existe algo en la naturaleza que parece escaparse de este determinismo: los fluidos. Con ellos, el futuro parece volverse impredecible, haciendo que los científicos nos sintamos como pez fuera del agua (bromas aparte). 

Un fluido, definido de forma sencilla, es un conjunto de moléculas que están constantemente chocando entre sí. A nivel individual, estas moléculas sí cumplen las leyes de Newton: sienten fuerzas que las aceleran o frenan, chocan entre sí cambiando su dirección, etc. Pero en la práctica resulta inútil aplicarlas (solo en un litro de agua hay más de 30 cuatrillones de moléculas, un 3 con 25 ceros a su derecha, ponte tú a hacer los cálculos). En busca de una alternativa para atajar el problema, el matemático Leonhard Euler asentó las bases para que, posteriormente, Claude-Louis Navier y George Gabriel Stokes desarrollasen las famosas ecuaciones de Navier-Stokes. 

Estas ecuaciones son tan importantes que sobre ellas se sustenta la meteorología, el diseño aeronáutico y la hidrodinámica y, sin embargo, no sabemos resolverlas exactamente. Son ecuaciones diferenciales en derivadas parciales no lineales. No te asustes, esto simplemente implica que cambios muy pequeños en las condiciones se acaban amplificando enormemente. Recuerda que un fluido son muchísimas moléculas chocando entre sí. Qué mejor símil que los encierros de San Fermín, en los que los corredores están constantemente empujándose unos a otros, ¡algunos incluso van en sentido contrario en algún tramo! Pues bien, ahora piensa en cómo puede cambiar el transcurso de un encierro a nada que un solo corredor se cruce o se caiga. Es muy fácil predecir la trayectoria que seguirá un corredor en los 100 metros lisos de los Juegos Olímpicos, pero prácticamente imposible hacerlo en el encierro. En mecánica de fluidos, una carrera como los 100 metros lisos se consideraría un flujo laminar, mientras que un encierro sería el ejemplo perfecto de un flujo turbulento. 

laminar vs turbulento

Simulación de flujo laminar vs. turbulento. Ilustración de Javier Arricibita

Son precisamente estas turbulencias las que impiden la resolución exacta de las ecuaciones de Navier-Stokes. Pero el verdadero dolor de cabeza no es solo que no se puedan resolver con precisión, sino algo mucho peor: ni siquiera sabemos si las ecuaciones se «rompen» al intentar hacerlo. En el mundo de la física se dice que un modelo matemático se rompe cuando llega a lo que se conoce como una singularidad: un punto donde las variables pierden el sentido y la ecuación empieza a dar resultados absurdos. Aunque nuestra intuición nos dice que el agua de un río jamás alcanzará una velocidad infinita, en la realidad nadie ha conseguido demostrarlo aún usando las ecuaciones de Navier-Stokes.

Tal es la importancia y dificultad de dicho problema, que el Clay Mathematics Institute de Massachusetts lo ingresó en su lista de Problemas del Milenio, cuya resolución se recompensa con un millón de dólares cada uno. Resolver este problema implicaba o bien demostrar que las soluciones a las ecuaciones de Navier-Stokes existen siempre y son suaves (no tienen cambios bruscos) o bien probar que pueden existir estas singularidades. 

En 2023, Diego Córdoba y Luis Martínez Zoroa, dos matemáticos españoles, publicaron avances gigantes en el problema al demostrar que, en determinados casos simplificados, las ecuaciones sí colapsaban. Sin llegar a resolver completamente el rompecabezas, habían asentado unas bases teóricas, una nueva forma de abordarlo que parecía esperanzadora. Apoyándose en sus resultados, los investigadores Tristan Buckmaster y Levent Alpöge profundizaron en la cuestión, utilizando para ello modelos de inteligencia artificial como herramienta. Y aquí empieza la polémica.

El rumor de que están cerca de resolver uno de los problemas del milenio corre como la pólvora. Temiéndose que hubiesen podido utilizar su información, Buckmaster contacta con OpenAI (ChatGPT) y confirma sus sospechas: OpenAI afirma que les han adelantado y le propone a Buckmaster publicar el resultado dejando de lado a su compañero. ¿Y eso por qué? Porque Alpöge trabaja para la competencia, la empresa de inteligencia artificial Anthropic. Buckmaster se niega rotundamente, por lo que OpenAI decide publicar el resultado como suyo propio, sin mencionar a ninguno de los dos investigadores. No solo eso, sino que confiesan que no pueden descartar que su modelo se haya entrenado con los datos de Buckmaster y Alpöge, violando todo tipo de confidencialidad y derechos de autoría. En resumen, se ha resuelto un problema relacionado con las turbulencias en los fluidos a costa de generar más turbulencias en la comunidad científica. Conservación de la energía, supongo. 

Bibliografía

[1] OpenAI. Finite time blowup for Navier-Stokes: OpenAI. [Internet]. [Consultado 28 Sept 2026]. Disponible en: https://openai.com/index/navier-stokes-solution/