Ciencia con nombre propio

La ciencia antes del viaje espacial

Publicado el 17 de octubre de 2026

Jimena Miguel Serna

photo 2025 04 07 18 29 03
imagen de chatgpt 8 oct 2026, 15 40 33

Ilustración de Jimena Miguel Serna

¿Se puede aportar a las misiones espaciales sin salir de la Tierra?

Ese es uno de los objetivos de Alba Sánchez, inmunóloga y divulgadora científica (@Inmunominuto). Realizó su doctorado en la universidad UCLouvain (Bélgica), donde entró en contacto con las misiones de astronautas análogos: simulaciones que permiten estudiar en la Tierra cómo sería vivir y trabajar en otros cuerpos celestes. Ha participado en dos misiones, una simulando la vida en Marte, realizada en el desierto de Utah (Estados Unidos), y otra recreando una base lunar, en Polonia. En ellas ha podido descubrir cómo se plantea el asentamiento de colonias fuera del planeta Tierra, además de investigar cómo responde nuestro organismo a condiciones de aislamiento y estrés.

¿Cómo empezaste en misiones de astronauta análoga?

Durante mi doctorado en Bélgica, una compañera del laboratorio apareció con un logo relacionado con el espacio y le pregunté qué era. Así descubrí Mars UCLouvain, una asociación vinculada a la universidad donde investigaba, que participaba en simulaciones que se realizan en el desierto de Utah. Para participar debías presentar un proyecto científico, un experimento que fuera relevante y tuviera sentido realizar allí.

El espacio siempre me ha fascinado, desde niña, pero en el instituto terminé orientándome más a la investigación relacionada con la biología y el cuerpo humano, que me apasiona. Cuando Sara García fue seleccionada como astronauta de reserva, fue para mí muy importante, pues ambas somos biotecnólogas. Hasta entonces, en mi mente el espacio era algo reservado para astrofísicos o ingenieros.

Empecé a buscar información y descubrí la biomedicina espacial, un mundo nuevo para mí, y empecé a apasionarme con este campo de investigación. Me seleccionaron para la primera simulación y fue una de las mejores experiencias de mi vida. Me cambió la forma de pensar y de plantearme mi futuro profesional. En ciencia muchas veces sabes qué quieres investigar, pero es más difícil encontrar cuál es exactamente la pregunta a la que quieres dedicarte. Esa experiencia me ayudó a encontrar la mía, sé que quiero estudiar cómo responde el cuerpo humano a condiciones extremas y, especialmente, cómo responde al espacio exterior. 

Has hecho dos misiones ¿podrías hablarnos de cada una de ellas?

La primera fue en la Mars Desert Research Station (MDRS), en el desierto de Utah, en Estados Unidos. La base está rodeada de colinas, piedra y polvo. Existen distintas instalaciones análogas en el mundo y cada una se especializa en determinados aspectos. En Utah, una de las grandes ventajas es el entorno, porque permite realizar investigaciones relacionadas con geografía o exploración de superficies al ser muy similar al del planeta Marte.

Por ejemplo, uno de mis compañeros realizó una cartografía 3D del desierto para estudiar qué lugares podrían ser más adecuados para el aterrizaje de una nave. Otra persona investigaba la deposición de polvo y las tormentas de arena, comparándolas con la información obtenida en Marte gracias a las sondas. Además del proyecto científico, cada persona tenía un rol dentro de la tripulación. En mi caso fui oficial de comunicación y mi misión era encargarme de realizar los reportes diarios y documentar la misión mediante fotografías y vídeos.

¿Cómo te preparaste para esta misión?

Tuvimos nueve meses en los que cada uno preparaba su experimento. Había mucho trabajo científico y logístico previo. También había que entrenar para tener las condiciones físicas para misiones exteriores. El traje espacial pesa y limita la movilidad, y las salidas duran hasta cuatro horas. Además, tienes que estar preparado para cavar o tomar muestras, no solo caminar. 

¿Cómo se recreaba la situación de vida en Marte?

Además de la inmersión que se conseguía por el propio paisaje del desierto, también se recreaba el aislamiento, las limitaciones de comunicación, la alimentación y los procedimientos. Para salir al exterior teníamos que ponernos los trajes y sus distintos componentes, lo que nos llevaba unos 40 minutos. No eran trajes espaciales reales, pero sí reproducían el peso o la limitación de movimientos, aunque el casco no estaba cerrado herméticamente. Durante un día de trabajo, había dos opciones: preparar una salida al exterior o dedicarlo a tus experimentos, ejercicio físico o tareas relacionadas con tu rol de tripulación. El trabajo era sobre todo por las mañanas, así que las tardes las teníamos más libres, excepto si había que rellenar algún cuestionario psicológico. Compartíamos tiempo juntos en la comida y en la cena, donde nos poníamos al día de los avances.

¿Cómo gestionabais los recursos?

Nos daban una cantidad limitada de agua y comida deshidratada y debíamos gestionarlas. Obviamente, podíamos reponerlas porque era una simulación, pero la idea era no llegar a ese punto. Durante 14 días solo nos duchamos dos veces, utilizábamos toallitas y priorizábamos el agua para beber o necesidades básicas. Siempre se buscaba reducir al mínimo el consumo de agua.

¿Qué experimento llevaste a cabo?

Mi proyecto estaba centrado en el cuerpo humano: estudié cómo afectaban esas condiciones de aislamiento al sistema inmunitario. Para ello, tomé muestras de sangre y saliva antes y después de la misión y realicé análisis de estas. Observamos una disminución significativa de un anticuerpo importante para defendernos frente a patógenos externos. La reducción se observó en los ocho miembros de la tripulación. Este tipo de experimentos son importantes porque conocer cómo reacciona el cuerpo ante situaciones de aislamiento o estrés puede ayudar a diseñar las futuras misiones más acorde a las capacidades fisiológicas del cuerpo humano.

La segunda misión fue en LunAres, en Polonia, y era completamente distinta. Mientras que en Utah estábamos en medio del desierto, LunAres era una instalación construida dentro de un hangar en un aeródromo militar en Polonia. Simulaba una base lunar y el exterior también estaba recreado artificialmente, con materiales y rocas que simulaban el terreno de la Luna. Había paneles solares, antenas, «circuitos de obstáculos» para trabajar con el rover y distintas instalaciones que permitían probar procedimientos.  La experiencia completa duró 18 días, de los cuales 15 fueron de aislamiento. Los primeros se empleaban para conocer las instalaciones, el funcionamiento de cada módulo, las investigaciones y los procedimientos. Allí no era obligatorio llevar tu propio proyecto, podías participar en estudios realizados por universidades, empresas u otras agencias espaciales, como la ESA. Se realizaban investigaciones de psicología y pruebas de tecnología. También se desarrollaban prototipos relacionados con los trajes y tenían impresoras 3D con las que se podían fabricar piezas que después se probaban durante la misión. 

En LunAres tuve los roles de comandante y oficial médica. Debía asegurar el desarrollo óptimo de la misión, que se cumpliesen los objetivos diarios. Me reunía todos los días con «Control de misión». Y como oficial médica debía realizar chequeos diarios, medía presión arterial, saturación de oxígeno, frecuencia cardíaca y peso. Esto me permitió aprender mucho sobre cómo funcionan las comunicaciones con astronautas y los procedimientos en misiones espaciales, ahora me fijo en detalles en los que antes ni me percataba.

¿Cómo se recreaba la situación de vida en una base lunar?

Me impresionó la profesionalidad de los protocolos y comunicaciones, tanto dentro como en las misiones exteriores. Los trajes que utilizamos en esta misión estaban cerrados herméticamente y dependíamos totalmente del sistema de ventilación. El casco hacía que perdieras mucha visión periférica y el traje restringía movimientos. Llevábamos sensores para controlar el dióxido de carbono, la presión, temperatura y otros parámetros vitales, así que había mucho realismo y también un mayor riesgo.  Además, durante los 15 días de aislamiento no veíamos la luz del sol, toda la iluminación era artificial, así que tomábamos vitamina D, pero la falta de luz se notaba en los ritmos circadianos. Además, estábamos obligados a realizar ejercicios, pues en una misión real es muy importante por el cambio de gravedad, para evitar perder masa muscular rápidamente. Para poder tener cierta independencia de recursos teníamos dos impresoras 3D. Así, si necesitábamos una pieza de fontanería, por ejemplo, podíamos fabricarla nosotros mismos. 

¿Cómo se controlaba la seguridad dentro de la estación? ¿Había privacidad?

Había cámaras en toda la estación excepto en el módulo de higiene. «Control de misión» tenía acceso a estas grabaciones para asegurar que todos estuviéramos bien. En los dormitorios teníamos cápsulas que al cerrarlas sí que guardaban la privacidad, pues las cámaras estaban fuera, así que optaba por cambiarme allí.

Después de haber podido vivir dos misiones de simulación muy diferentes, ¿qué aspectos de la vida en otro planeta se pueden recrear y cuáles no?

Intentamos que la experiencia sea lo más realista posible, pero hay variables que no se reproducen. Por ejemplo, no se somete a los tripulantes a la radiación espacial. En las estaciones análogas se simula principalmente la vida diaria: rutinas, procedimientos, alimentación, aislamiento, comunicaciones y salidas.

¿Qué habilidades son importantes para un astronauta análogo?

Para mí, la más importante es la adaptabilidad. Trabajas constantemente en equipo, puede ser necesario que colabores en tareas que no conoces en profundidad. La gestión emocional también es fundamental. Estás aislado y la comunicación con el exterior es limitada y no siempre en tiempo real. En algunas simulaciones puedes utilizar el correo algunas horas, pero estás desconectado de la actualidad. Tienes que saber gestionar el estrés y comunicarte con el resto de la tripulación. También hay que saber liderar y ser guiado. No se trata de llevar siempre el mando, debes saber tomar la iniciativa cuando sea necesario, pero también dejar que otros decidan y escuchar sus propuestas. También saber cumplir los protocolos, pues si no puedes poner en riesgo la misión.

¿Qué es lo que más te llamó la atención del aislamiento?

A nivel de equipo, lo distintas que pueden ser las reacciones. Cada persona tiene una personalidad, pero allí se intensifican situaciones que en el exterior no tendrían tanta importancia. Pueden aparecer fricciones, malentendidos o más irritabilidad. En mi caso, llevé mejor de lo esperado la desconexión. Lo viví como una pausa del mundo real, sobre todo, de las redes sociales, donde soy muy activa. La vida seguía, pero yo estaba allí concentrada en mi investigación.

Se habla mucho de la posibilidad de «terraformar» Marte para que sea habitable. ¿Qué tan posible es?

Yo creo que a día de hoy no es posible. Estamos hablando de hacer habitable un planeta entero y la escala de tiempo necesaria escapa de lo que podemos imaginar. No creo que nuestra generación lo vea, ni probablemente la siguiente. Otro tema es construir hábitats que permitan estar allí de forma temporal. Pero incluso ese escenario debe ser tomado con cautela, porque todavía tenemos mucho que aprender sobre cómo responde el cuerpo humano a las condiciones del planeta.

Tienes un canal de divulgación llamado Inmunominuto. ¿Cómo surgió tu faceta divulgativa?

Empezó durante la pandemia. De repente había muchísima gente haciéndose preguntas sobre virus, vacunas y salud, y precisamente ese era mi campo. Durante los primeros días de la cuarentena recuerdo estar continuamente mandando audios a familiares y amigos porque me preguntaban cosas: qué estaba pasando, cómo funcionaba esto, qué significaba aquello… Llegó un momento en el que pensé: si estoy explicándoselo todo el tiempo a mi familia y a mis amigos, ¿por qué no me grabo y se lo cuento a quien pueda interesarle?

Ya para terminar, ¿qué proyectos tienes previstos en el futuro?

Me gustaría orientarme más a la comunicación científica que hacia la investigación académica. No porque no disfrute de investigar, pues estoy realizando el posdoctorado en el CIMA y me encanta, pero el problema es la falta de estabilidad a largo plazo. Ahora mismo mi canal todavía no es lo suficientemente grande como para dedicarme únicamente a él, pero poco a poco van surgiendo oportunidades. Por ejemplo, tengo una colaboración semanal con Radio Nacional, donde tengo una sección de biomedicina espacial. Voy haciendo pequeñas cosas que puedan abrirme puertas. Con los años me he dado cuenta de lo importante que es conseguir que la ciencia llegue realmente a la sociedad y que la gente conozca el trabajo de los científicos.

Muchas gracias por concedernos esta entrevista. 

Antes de pensar en vivir en la Luna o viajar a Marte, todavía tenemos que entender cómo responde nuestro propio organismo a condiciones que le son completamente ajenas. El aislamiento, el estrés, la falta de recursos o la convivencia en espacios reducidos son solo algunos de los retos que deberán afrontar las futuras tripulaciones.

Las misiones análogas permiten empezar a responder estas preguntas sin salir de nuestro planeta. Y perfiles como el de Alba, capaces de unir inmunología, biomedicina espacial y divulgación, muestran que la exploración del espacio necesitará de muchas disciplinas diferentes. Porque para descubrir hasta dónde podemos llegar, primero tenemos que entender cómo reaccionamos cuando intentamos hacerlo.