Viviendo entre gigantes
¿Es posible compartir el territorio de un país con la mayor población de elefantes del mundo?
Publicado el 25 de febrero de 2026
Giancarlo Velmarch
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Con la caída del sol, los elefantes se vuelven más activos; la oscuridad les ofrece refugio necesario para armarse de valor y acercarse silenciosamente a los asentamientos humanos y sus cultivos.
Entre sabanas y sembradíos, coexistir con el animal terrestre más grande del planeta: ¿realidad o ficción?
En el Delta del Okavango, en el noroeste de Botswana, a medida que los asentamientos humanos, la agricultura y la ganadería se expanden, el territorio se transforma. Estos cambios no solo afectan al paisaje, sino también a las especies autóctonas del territorio. Los elefantes, unos de los protagonistas del Delta, cada vez se acercan más a los cultivos en busca de alimento y agua, lo que significa que también están más cerca de las comunidades instaladas ahí. Esta proximidad tensa los límites de una ya frágil convivencia entre las personas y una de las especies más emblemáticas de África.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Durante la temporada de inundaciones, el Panhandle del Okavango se transforma: la sabana se fragmenta en islas y lagunas que emergen entre el agua.
Pasos en riesgo
Cada noche, Abel Sashoni, agricultor de Habu, teme encontrar en su campo a su peor pesadilla: un elefante de seis toneladas.
Los pasos de Abel resuenan sobre el polvo seco mientras atraviesa su campo, aún envuelto por la neblina del amanecer. Lleva una azada al hombro, una cesta en la mano y una constante preocupación en el pecho. Desde hace tres noches, ha escuchado trompeteos y ramas moviéndose al borde de su maizal, justo donde los árboles de mopane se abren paso hacia el bosque. Ayer encontró huellas frescas: circulares, profundas, inconfundibles. Hoy teme encontrarse con el responsable de sus desvelos.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Abel camina por su campo mientras recuerda, con pesar, las noches en que los elefantes arrasaron sus cosechas.
Al amanecer sale de su casa en busca de alimento para él y su familia y no tiene más opción que caminar. Como la gran mayoría de las personas en la región del Delta del Okavango, Abel no tiene coche ni acceso a transporte público. Su hogar y su campo quedan a kilómetros del poblado más cercano, y su único medio son sus pies y la memoria del camino. Desafortunadamente, el camino que sigue Abel atraviesa los pasos ancestrales de los gigantes.
«Es un sentimiento muy difícil, como perder a alguien que amas,» se dice Abel en voz baja. «Todo ese trabajo, arar la tierra… no es fácil para un hombre viejo como yo. Cuando los elefantes vienen y destruyen todo, duele profundamente. A veces incluso me enfermo del estrés y la impotencia.»
Fotografía de Giancarlo Velmarch
En muchas comunidades rurales del noreste de Botswana, los hogares llamados en setswana “Ntlo” y el ganado se protegen únicamente con cercas hechas de matorrales secos.
Compartir el paisaje con estos gigantes no es una metáfora: es una realidad que se repite en miles de hogares a lo largo del Delta, donde la vida humana y la vida silvestre comparten espacio, pero no siempre en armonía.
El Delta del Okavango se extiende por más de 15.000 kilómetros cuadrados, comenzando en Angola, cruzando Namibia y esparciéndose por Botswana. Tres comunidades nativas —los Bahambukushu, los Bayei y los Basarwa— llaman a este lugar su hogar. Dependen de la tierra, del agua y de su ganado para subsistir, luchando contra los suelos pobres y la lluvia escasa e impredecible. Aquí la rutina se forja entre la incertidumbre del clima y la constancia del trabajo humano.
Y entre los desafíos que afrontan cada día las tribus, uno de los más importantes camina sobre cuatro patas y puede pesar hasta seis toneladas. Los encuentros con elefantes son habituales, basta con que uno se sienta amenazado o sorprendido para que reaccione de forma agresiva. En una región donde ir a la escuela o al poblado vecino puede implicar horas de caminata, un cruce inesperado con uno de estos gigantes puede convertirse en una situación de vida o muerte. Los niños aprenden desde pequeños a leer el paisaje: a caminar en silencio, no hacer movimientos bruscos, detectar las señales. Aun así, cada tarde los padres esperan con angustia a que regresen a salvo.
“Imagina defender tu casa de una criatura que te supera en tamaño cien veces, que puede olerte desde lejos y escucharte en la oscuridad, mientras tú solo cuentas con el parpadeo tembloroso de una linterna con las pilas medio muertas”, escribe la investigadora Joyce Poole. “En el Delta, esa no es una metáfora: es una noche cualquiera.”
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Gracias a la baja densidad de poblaciones que rodean el Okavango existe una baja contaminación lumínica que permite contemplar la Vía Láctea y las constelaciones con una claridad excepcional.
El campo de batalla
El Delta del Okavango es uno de los ecosistemas más excepcionales y biodiversos del planeta. Este delta de interior, categorizado así por no tener salida al mar, es un oasis que florece en medio del desierto del Kalahari-. Es un santuario estacional para miles de especies que dependen del agua que llega desde tierras lejanas albergando a una biodiversidad asombrosa con más de mil especies de plantas, cerca de quinientas especies de aves y ciento treinta especies de mamíferos entre ellos hipopótamos, antílopes, depredadores como leones, leopardos y perros salvajes y, por supuesto, elefantes.
La franja de entrada del río, llamada Panhandle, es especialmente importante: allí se mezclan los humedales permanentes, con más de 25.000 km² de sabanas arboladas, bosques de mopane y senderos ocultos, que llevan siglos sirviendo como rutas vitales para estos paquidermos.
No es solo un humedal, es un corazón que late con un ritmo anual y lleva en sus venas y arterias vida tanto para animales como para personas, al ritmo de las lluvias y las crecidas.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Melina, secretaria de Ecoexist, y su familia encienden el fuego que los acompañará durante la fría noche invernal.
Vecinos titánicos
Botswana alberga la mayor población de elefantes en libertad del mundo. Se estima que más de 128.000 elefantes africanos (Loxodonta africana) recorren sus sabanas y humedales, y una parte significativa de ellos se concentra en el entorno del Delta del Okavango.
“La alta población de elefantes aquí en Botswana es el resultado de varios factores—la gran extensión de territorio disponible, el incremento del desarrollo humano y los conflictos en otros países, que han hecho que muchos elefantes entren al país, más específicamente al Okavango”, explica Anna Songhurst, investigadora de elefantes y cofundadora de Ecoexist.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Al igual que los humanos, los elefantes necesitan agua, alimento y espacio. Su presencia en el Delta no es casual: la franja del panhandle, donde el río Okavango comienza a abrirse en canales, ofrece acceso a humedales permanentes, sombra y rutas migratorias tradicionales. Algunos grupos realizan largas migraciones transfronterizas a través de corredores ecológicos hacia Namibia, Angola o Zambia. Otros permanecen en la región durante todo el año, siguiendo los mismos caminos que sus ancestros recorrieron durante siglos en busca de alimento y agua.
Uno de los momentos más críticos de esta convivencia ocurre entre abril y junio, cuando las lluvias han cesado y comienza la estación seca. Justo cuando las comunidades humanas están listas para cosechar, los elefantes inician su desplazamiento hacia el delta. A su paso, atraviesan campos de cosecha de mijo, sorgo o maíz, a menudo arrasando en una sola noche lo que sería el sustento de una familia para el resto del año. Y es en este paisaje compartido, donde los caminos de humanos y elefantes se cruzan una y otra vez, donde la coexistencia es cada vez más difícil.
La raíz del conflicto
Durante milenios, humanos y elefantes han compartido paisajes en el sur de África. Sin embargo, en las últimas décadas esta convivencia se ha visto gravemente tensionada por el crecimiento paralelo de ambas poblaciones y el aumento en la transformación del suelo. En la región del Delta del Okavango, la población humana pasó de aproximadamente 175.000 personas en 2011 a 203.000 en 2022, un crecimiento del 16 %. Al mismo tiempo, la población de elefantes en Botswana ha experimentado un crecimiento del 233 %: de unos 55 000 individuos en los años noventa a más de 128 000 registrados en 2010, siendo el Okavango una de las áreas con mayor concentración de estos gigantes.
Este aumento demográfico se refleja de manera alarmante en la frecuencia de conflictos. En el sector occidental del panhandle del Okavango, los incidentes reportados por interacción negativa entre humanos y elefantes aumentaron de 141 en 2008 a 773 en 2016, multiplicándose más de cinco veces en apenas ocho años.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Según los informes del Departamento de Vida Silvestre y Parques Nacionales (DWNP), los daños más comunes están relacionados con la destrucción de cultivos y campos, seguidos de la afectación de infraestructuras esenciales como cercas, bombas de agua y tanques de almacenamiento. Si bien la mayoría de estos incidentes no involucran directamente a personas, entre 2008 y 2016 se documentaron al menos 10 casos de consecuencias físicas hacia personas locales, lo que refleja el riesgo latente que implica esta convivencia cuando no se gestiona adecuadamente.
“Los elefantes están causando muchos daños a los campos, e incluso a los tanques de agua y el equipo de los pozos. También están rompiendo las cercas fronterizas. El gobierno debería aumentar sus esfuerzos para abordar este problema”. — Residente de Ngarange
Una frontera cada vez más estrecha
Es en el punto de encuentro entre las necesidades humanas y las rutas ancestrales de los elefantes donde el conflicto se vuelve inevitable. A lo largo del panhandle del Okavango el hábitat que antes estaba intacto ha sido fragmentado, y numerosos campos de cultivo y asentamientos han sido establecidos —muchas veces sin saberlo— sobre antiguos corredores migratorios utilizados por elefantes durante generaciones. Lo que alguna vez fue una vía natural de tránsito se ha transformado en un mosaico de parcelas cercanas y viviendas.
En esta nueva geografía fragmentada, los elefantes —en especial los machos solitarios— asumen riesgos cada vez mayores al adentrarse en los cultivos en busca de alimento. Pero el impacto va mucho más allá de esas pérdidas, pues, en promedio, una persona muere cada año en esta región a causa de un encuentro con elefantes, y al menos 25 elefantes son abatidos anualmente, generalmente en actos de defensa propia o como respuesta a su comportamiento reiterado como “animales problemáticos”. La vida, tanto humana como silvestre, está en peligro.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
En este contexto, plantar una parcela sin planificación ni protección es una apuesta peligrosa. A medida que los asentamientos humanos se expanden y los hábitats naturales se reducen, el espacio compartido se vuelve cada vez más escaso y se complica cada vez más la convivencia.
“El verdadero motor del conflicto no es tanto el número de personas o elefantes, como la expansión de la tierra destinada a la agricultura”, explica con preocupación Anna Songhurst. “Sin la consideración por el acceso a las necesidades básicas de los elefantes, nuevos cultivos están siendo asignados en corredores críticos, bloqueando el paso y exacerbando el conflicto. En efecto, la cercanía de los campos con los corredores de elefantes es el principal conductor del conflicto en esta área”
Creando soluciones
Si bien el conflicto entre humanos y elefantes no desaparecerá de un día para otro, cada vez son más las comunidades, investigadores y organizaciones que apuestan por estrategias de mitigación que buscan un equilibrio delicado: dar espacio a ambas especies, y proteger a las personas sin dañar a los gigantes. Ante este escenario han surgido soluciones tan ingeniosas como urgentes.
Estas medidas pueden dividirse en dos enfoques complementarios: acciones de respuesta inmediata, diseñadas para proteger cultivos y vidas como reacción directa a incidentes previos; y estrategias a largo plazo, que buscan transformar el paisaje, la economía local, los hábitos cotidianos y la relación histórica entre humanos y elefantes.
Entre las soluciones a corto plazo más comunes se encuentran las vallas electrificadas alimentadas por energía solar, que delimitan áreas vulnerables o incluso comunidades enteras —conocidas localmente como clusters— protegiendo desde pequeños huertos hasta pueblos completos que incluyen viviendas, corrales, cultivos y escuelas. Para bordear cultivos también se utilizan mallas impregnadas con chile seco, cuyo olor y picor funcionan como un potente repelente natural, y luces LED alimentadas con energía solar, para disuadir a los elefantes durante la noche. Algunas comunidades incluso cuelgan latas vacías en cuerdas o alambres alrededor de sus campos para generar ruido ante cualquier movimiento detectado. Esta técnica ha demostrado ser más eficaz con manadas lideradas por hembras, que con los machos solitarios, más persistentes o temerarios. Estas medidas no solo buscan minimizar el daño, sino también reducir el riesgo de confrontación directa, que con demasiada frecuencia termina en tragedia para ambos lados.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Motologi cultiva los chiles necesarios para crear las mallas con chile, y así alejar a los elefantes del área.
En paralelo, las estrategias a largo plazo se enfocan en la creación, restauración y protección de los llamados “corredores de elefantes” —pasos migratorios fundamentales para conectar hábitats con recursos vitales—, así como en la planificación territorial, que evita la instalación de campos agrícolas y viviendas sobre rutas críticas ancestrales. A esto se suman programas de educación ambiental y capacitación comunitaria, que promueven la coexistencia desde la raíz. Estos programas fomentan la empatía desde edades tempranas y refuerzan el conocimiento sobre el valor ecológico y cultural de los elefantes.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Desde el aire se distinguen claramente los corredores ecológicos que conectan los bosques de mopane con las zonas de agua, rutas esenciales para los elefantes.
“Para crear conciencia sobre el valor de un elefante en un niño que solamente lo ve como un animal enorme que podría lastimarlo es importante explicarle que cada animal tiene un valor en su entorno. El valor de los elefantes es que al comer tumban árboles que abren caminos para que las otras especies accedan a sitios vitales de alimentación. Entre esas especies se encuentran el impala, el kudu y hasta el propio ganado de sus padres. Es allí donde los niños ven la relación tan directa que tienen con esta magnífica especie” — Khumo, coach en el programa de educación de coaching conservation de Wildentrust.
Fotografías de Giancarlo Velmarch
Izquierda: Un estudiante de primaria en Gumare termina su dibujo tras una charla sobre biodiversidad impartida por el equipo de Coaching Conservation programa de Wildentrust. Para muchos niños, estas lecciones representan un cambio silencioso pero profundo: aprender a ver a los elefantes no como una amenaza que acecha en la oscuridad, sino como parte vital de la tierra que comparten. Aquí, la educación no solo informa sino que transforma y da pie a la posibilidad de una convivencia distinta.
Derecha: Como parte del programa educativo de Ecoexist, William enseña a las comunidades locales sobre el comportamiento, la importancia ecológica de los elefantes, las migraciones diarias (mostradas en el mapa con líneas moradas) en la zona, y cómo reaccionar al ver elefantes, así como los métodos que pueden usar para ahuyentarlos de los campos y las casas.
Otro pilar clave es la transición hacia fuentes de ingreso más sostenibles y compatibles con la vida silvestre, como la apicultura, la carpintería, la tejeduría tradicional o el ecoturismo. Estas alternativas permiten generar ingresos sin invadir los espacios de los elefantes ni depender exclusivamente del cultivo de subsistencia.
Muchas de estas iniciativas están siendo impulsadas por ONGs locales e internacionales como Ecoexist y Wild Entrust en colaboración con gobiernos e instituciones regionales, como el Kavango-Zambezi Transfrontier Conservation Area (KAZA TFCA). Si bien queda mucho por hacer, estas acciones representan un paso firme hacia un modelo de convivencia más justo, resiliente y adaptado a la compleja realidad del Okavango.
Más que una cerca
Aunque el conflicto entre humanos y elefantes domina gran parte de la narrativa sobre esta región, en distintos puntos del Delta del Okavango están emergiendo iniciativas locales que muestran que la coexistencia es posible. Son esfuerzos impulsados por la colaboración entre comunidades, instituciones gubernamentales, organizaciones de conservación y actores del sector privado que, si bien no resuelven todos los desafíos, representan avances significativos hacia una convivencia más segura y sostenible.
Uno de estos ejemplos es el de Gando Cluster, una comunidad de aproximadamente 130 personas que ha implementado un sistema colectivo de protección basado en una valla electrificada alimentada por energía solar con una longitud de 10 km. El proyecto fue desarrollado en conjunto por la ONG Ecoexist, el Departamento de Manejo Agrícola de Botswana y varios alojamientos turísticos de la zona, con el objetivo de proteger los hogares, cultivos y fuentes de ingreso de los habitantes del cluster frente a las incursiones de elefantes.
Fotografías de Giancarlo Velmarch
Izquierda: Las huellas en la arena revelan la incursión nocturna de los elefantes. IP, trabajador técnico de Ecoexist, repara la sección dañada de la valla para evitar nuevas entradas.
Derecha: IP restablece la cerca eléctrica después de que una manada destruyera un punto clave en la entrada al maizal de Gando.
La instalación de la valla ha permitido delimitar un área segura que incluye viviendas, huertos, ganado y escuelas. Sin embargo, como en muchas soluciones de este tipo, el desafío no radica únicamente en su construcción, sino en su constante mantenimiento. El perímetro debe mantenerse libre de vegetación, ya que el contacto con arbustos o hierba puede provocar fallos en el sistema eléctrico. Esta limpieza debe realizarse al menos dos veces al año, aunque en la práctica, suele requerirse con mayor frecuencia. Además, cualquier segmento dañado debe ser identificado y reparado rápidamente para mantener la integridad del sistema.
«En años anteriores, antes de la cerca eléctrica, los elefantes solían invadir nuestros campos; hoy en día logramos cosechar nuestras siembras sin problemas.» — Anony, agricultor y residente de Gando cluster.
“Deben colaborar y motivarse como comunidad para mantener la cerca. Es difícil, porque los beneficios no son inmediatos”, señala Anna Songhurst, investigadora de Ecoexist.
En los últimos años, la comunidad ha enfrentado dificultades para cumplir con esta tarea, principalmente por la carga de trabajo y la falta de incentivos directos. Como respuesta, Ecoexist ha reforzado su apoyo suministrando herramientas, cableado y asistencia técnica, con el objetivo de involucrar activamente a los habitantes en el proceso de reparación y mantenimiento, para reforzar así su compromiso con el proyecto. El caso de Gando Cluster muestra que, con apoyo técnico adecuado y participación activa, las comunidades pueden construir entornos más seguros sin recurrir a la confrontación o la violencia.
Fotografía de Giancarlo Velmarch
Mujeres y hombres de Gando trabajan bajo el sol de mediodía para limpiar la vegetación alrededor de la cerca eléctrica y mantener su funcionamiento.
Un futuro compartido
Los habitantes del Delta del Okavango han compartido el paisaje con los elefantes durante milenios, y esa larga historia de coexistencia nos recuerda que, a pesar de los desafíos actuales, aún existe un camino posible para avanzar de forma respetuosa y equilibrada. Hoy, ese camino no depende únicamente de la tradición o de la resistencia de las comunidades, sino de una combinación de conocimiento ancestral, apoyo técnico, voluntad política y conciencia colectiva. La coexistencia no es sencilla, pero tampoco es una utopía. Requiere la comprensión de que los elefantes no son enemigos, sino vecinos con necesidades similares a las nuestras: agua, alimento y espacio.
Proteger la vida humana y garantizar la seguridad alimentaria sin comprometer la conservación de una de las especies más emblemáticas de África es, sin duda, uno de los grandes retos del continente. Pero también es una oportunidad. Una oportunidad para replantear nuestra relación con la naturaleza, para escuchar las voces de quienes viven en primera línea del conflicto, y para construir modelos de desarrollo que beneficien a ambas partes. El Delta del Okavango nos demuestra que el futuro de la coexistencia no está escrito, pero sí puede ser diseñado colectivamente. Y ese futuro, con esfuerzo y empatía, aún puede incluir a nuestros gigantes grises.
Incluso fuera del Okavango, todos convivimos con la naturaleza a diario. En nuestras ciudades, parques o costas, dependemos de sus recursos y su estabilidad. Reconocer su valor y darle espacio no es un acto de conservación aislado: es una condición necesaria para que ambos, humanos y naturaleza, podamos coexistir.
Bibliografía
[1] Buchholtz EK, McDaniels M, McCulloch G, Songhurst A, Stronza A. A mixed‐methods assessment of human‐elephant conflict in the Western Okavango Panhandle, Botswana. People Nat. 2023;5(2):557–571. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1002/pan3.10443
[2] Mongabay News. Elephant in the room: Botswana deals with pachyderm population pressure. [Consultado el 20 de febrero de 2026]. Disponible en: este enlace
[3] DeMotts R, Hoon P. Whose elephants? Conserving, compensating, and competing in northern Botswana. Soc Nat Resour. 2012;25(9):837–51. Disponible en: http://dx.doi.org/10.1080/08941920.2011.63836
[4] Songhurst A, McCulloch G, Coulson T. Finding pathways to human–elephant coexistence: a risky business. Oryx. 2016;50(4):713–720. Disponible en: este enlace
[5] Statistics Botswana. Gaborone: Statistics Botswana; 2011.
[6] South African National Biodiversity Institute (SANBI). African elephant [Internet]. [Consultado el 19 de febrero de 2026]. Disponible en: este enlace.
